Todo cuanto alcanzaba a oír era el latido de su propio corazón. El aire apestaba a pólvora y sangre. Se apoyó la culata de aquella pesada arma en el hombro y volvió a apuntar hacia los edificios en ruinas colina abajo. Allí, entre los restos de coches oxidados, yacían tres cuerpos. Enemigos. Enemigos descuidados. Enemigos muertos. Pero había más por ahí y…
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